“En lugar de raíces tengo antenas”

Por Javier Rodríguez Marcos, Madrid 20 febrero, 2010 (El País)

Una tarde, después de un recital en La Casa Encendida, una mujer de rasgos andinos se acercó a Peter Wessel y le dijo: “Hablo español y quechua, nada de inglés, pero lo he entendido todo”. “Todo” es Polyfonías, el nombre que Wessel dio tanto al disco que publicó el sello Delsatélite en 2007 como al espectáculo en el que este políglota de 60 años recita sus poemas, escritos simultáneamente en danés, inglés, francés y castellano.

Wessel nació en Copenhague y, antes de asentarse en Madrid, recorrió todas las mecas de la modernidad -California y París en los años sesenta y setenta, Mallorca luego…- pero en el fondo es como un poeta medieval al que le gustasen las camisas de colores. Y el color de los idiomas. Medieval como aquellos trovadores que hablaban de filosofía en latín y de amor en gallego mientras hacían notas a pie de página en árabe o castellano. “Al principio la poesía fue un arte oral”, explica Wessel. “En la Edad Media la mayoría de la gente no sabía leer ni escribir y las lenguas vulgares convivían sin aduanas. Luego se desarrolla la cultura escrita, las lenguas se convierten en idiomas nacionales y llegan las fronteras y la incomprensión”.

Por eso a él le gusta decir que es de Lavapiés, es decir, “de muchas culturas y de ninguna en concreto; yo en lugar de raíces, tengo antenas”, aunque matiza que es más un poeta con cuatro culturas que con cuatro idiomas. Su esposa es española; su hija, francesa; sus hermanos, daneses, y muchos de sus mejores amigos, estadounidenses. De ahí la necesidad de cambiar de registro y de escribir poemas que den cuenta de esa multiplicidad “sentimental”. “Dentro de mí / viven cuatro personas / with their own voice, / su propia / lengua. / Hver med sit eget sprog / og sin egen stemme”, se lee en Un idioma sin fronteras.

A Wessel no le gustan las fronteras físicas ni las mentales. De hecho, ha tardado en reconciliarse con su propio país, un lugar, dice, en el que “todo tiene que tener sentido, todo debe poderse explicar”. La gente le decía: “De acuerdo, escribes poesía, ¿pero qué haces?”. Y la verdad es que ha hecho de todo: trabajar como periodista, publicista (tiene el premio nacional danés de publicidad), profesor de lingüística y, parece obvio, de idiomas. También ha traducido para la editorial Siruela a autores como Tove Jansson y Bjarne Reuter.

Peter Wessel descubrió la música de las palabras en el libro de himnos de la iglesia metodista a la que iba con su padre (descendiente de gitanos centroeuropeos), que hablaba en inglés con su madre (de familia judía aristócrata) de las cosas de las que quería que sus hijos no se enteraran. Un estímulo más para aprender idiomas. La mezcla de antecedentes entre píos y picarescos con el jazz que le deslumbró en Estados Unidos dio lugar a un tipo de poesía muy centrada en los efectos sonoros. “La poesía es un idioma en sí misma”, dice Wessel. “Por eso de algunos poemas puedes llegar a decir: está en mi lengua pero no lo entiendo”. De ahí su insistencia en que los que vayan a escucharle dejen en casa todos los prejuicios: “A veces te das cuenta de que la gente está más pendiente de entender el idioma que de entender el poema, pero la poesía no son instrucciones para abrir una lata”.

Fue la música la que le ha ayudado a dejar de buscar el sentido de un poema: “El otro día contaba mi amigo John Ashbery que cuando se sentaba a escribir lo primero que le venía era una melodía a la que luego se iban adaptando las palabras”. Peter Wessel dice que cuando recita se siente como un músico de jazz. Pero no improvisa. Lo suyo no es el slam ni el spoken word: “Lamentablemente, tengo que decir que soy un escritor. Siempre busco la expresión precisa. Soy muy cerebral”. Tampoco le gusta el “inglés de aeropuerto” ni el spanglish: “Eso sí que lleva al deterioro del idioma. Cada idioma debe conservar su color”.

El próximo jueves, a las nueve de la noche, Wessel recitará acompañado del clarinetista Salvador Vidal en la librería Enclave de la calle de los Relatores, a un paso de Tirso de Molina. El poeta vive no lejos de allí, en Lavapiés. Lleva 17 en el barrio. Llegó cuando estaba tomado por el tráfico de drogas y un vecino de raza negra era algo exótico. Se enroló en los movimientos vecinales y dice que el cambio ha sido radical: “La convivencia es buena. En el fondo debería ser lo natural en un país en el que las culturas siempre estuvieron mezcladas. Pero durante 500 años la gente se acostumbró a ver sólo a otros blancos. Veían a alguien de otro color y pensaban: peligro. Ya no. El que dice que Lavapiés es peligroso es que ha venido poco”.

http://elpais.com/diario/2010/02/20/madrid/1266668671_850215.html

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