“Ceci est un poème”

Sobre la metapoesía, las polyfonías y una poética integradora

La única forma de acercarse al duende de la poesía es escribir poesía; al menos así lo entendió William Shakespeare cuando afirmó que la poesía “is the stuff which dreams are made of”. Sabiendo que la poesía no se puede explicar, compuso un pequeño poema; creó una metáfora que se desvanece en el momento en el que la intentamos enfocar. Como el rocío bajo la luz del sol. No nos dice que la poesía esté hecha de sueños, ni que la poesía sea un sueño o un conglomerado de sueños. De haber sido así, a lo mejor Sigmund Freud hubiera podido ofrecer una definición para los sueños. No. Shakespeare sostiene que la poesía es “stuff”, que es una palabra de cajón de sastre, pero que nos hace creer que posee alguna entidad física, especialmente porque sirve para producir algo. Y este algo ¿qué es? Pues sueños; algo tan intangible como “stuff”. En este sentido podríamos parafrasear a Shakespeare diciendo que “la poesía es algo sin definir hecho de algo intangible”. Así nos quedaríamos sin poesía y sin saber más cosas sobre la misma. Shakespeare realizó un poema maravilloso usando como pretexto el querer hablar de la poesía. Tienen razón los que afirman que la poesía se explica a sí misma. Y eso es cierto independientemente del pretexto empleado para arrancar el poema.

Shakespeare ha mostrado que se puede tomar la poesía como tema, pero ¿es menos poema el que tiene como pretexto unas ciruelas en el frigorífico? Cuando en “This is just to say” William Carlos Williams dice:

I have eaten
the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold

el pretexto -unas ciruelas robadas en un frigo-, se nos presenta como algo mucho más concreto que la poesía o el lenguaje, pero dice tanto de la poesía y del lenguaje como el propio Shakespeare en su poema que a todas luces era “metapoético”. Y cuando Borges habla de la luna en el poema con este título -supuestamente un metapoema donde los haya- ¿dice más de la luna que Shakespeare de la poesía o Williams de las ciruelas?  Toda poesía genuina se define en el acto de la lectura; en el preciso momento de ser leída.

Por ello no creo que la poesía se pueda traducir, pero sí creo que un poema puede inspirar a un poeta de otra cultura a escribir en su propia lengua tomando prestada la misma temática e incluso utilizando una música y una forma parecidas, aunque siempre volando con sus propias alas. A menudo cito el famoso verso de Robert Frost: Poetry is that which is lost in translation. Podría servir como ejemplo de lo que acabo de decir: un poema inspirado por otro poema salido de la misma crisálida. Una “transposición” poética de un poema isabelino por un poeta americano del siglo XX. Porque hay una similitud sorprendente entre Poetry is the stuff which dreams are made of y Poetry is that which is lost in translation. Frost tampoco da una definición de la poesía pero, como Shakespeare, construye su metáfora como si esto fuera su intención. Para Frost la poesía – that which is lost in translation –  no es menos volátil que the stuff which dreams are made of de Shakespeare. Los dos saben muy bien que el silencio está en el centro de todo auténtico poema y se apoyan en palabras vacías de contenido como stuff y that. “En las inconsistencias apoyarse,” decía Paul Celan.

Como ya he mencionado anteriormente, la poesía no “trata de” nada. Los temas del poeta a menudo tienen que ver con sus circunstancias vitales y profesionales, sus intereses, sus miedos o sus compromisos con determinadas causas. Sin embargo, su temática, lo que le ayuda a arrancar, no deja de ser más que un mero pretexto, porque la poesía al fin y al cabo es “contenido” en sí misma. “The rose is the rose is the rose” no se refiere a universos abstractos tomados del exterior; ES su propio universo.

El poeta anhela el silencio y por eso se convierte en la palabra. La palabra revelada. No puede utilizar la palabra para referirse a nada fuera de sí. Por lo tanto no existe la posibilidad de hablar de la poesía, ya que esto obligaría a huir de la propia palabra para lograr hablar de ella.  

Manteniéndome fiel a Shakespeare, Williams y Frost no puedo hablar del contenido poético de mis Polyfonías ya que la única expresión equivalente a la poesía es el silencio. Al fin y al cabo la poesía no es otra cosa que la revelación de la palabra, lo que la convierte  en pieza insustituible en su inmaculada inefabilidad. El hecho de que haya precisado de hasta tres negaciones para acercarme al dasein del poema demuestra la impotencia del lenguaje discursivo a la hora de tratar el hecho poético.

Me centraré, pues, en comentar algunos aspectos teóricos y técnicos de mi proyecto poético: factores medibles y mensurables que, contrariamente a la poesía, se pueden definir sin dificultad. Y enfatizo una vez más: estos elementos y estas técnicas no son la poesía, sino las herramientas que utilizo para intentar captar “the stuff that dreams are made of” y así poder compartir mi rapture poético.

Es posible que pueda parecer algo esquizofrénico, y efectivamente, creo que muchos poetas tienen algo de esa doble personalidad propia de personajes Jekyll-Hydescos. Hablamos de gente meticulosa y afable que trabaja pacientemente con el lenguaje, gente que desea hacerse comprender pero que, por alguna extraña circunstancia, de un instante a otro, se transforman en seres poseídos capaces de hablar varias lenguas. Lo he intentado explicar en uno de los interludios de mis recitales:

Chamán e investigador de la lengua a la vez el poeta no puede evitar el estar triste, porque sabe que está condenado a convivir con la duda, y que su existencia es tan frágil como la palabra que le confiere su existencia. Vive de una forma intermitente, a golpes de intuición. Nunca hay una base segura, no encuentra donde apoyarse en su travesía. Frecuentemente la poesía desaparece cuando empieza a revisar el primer borrador de un poema. Lo único que queda en el papel son algunas palabras secas y frías. En su afán de hacer más comprensible su poema – y de paso dar sentido a su vida – apagó la llama que es el inefable ser del poema y su razón de ser.

El deseo del poeta de explicarse, de proponer una exégesis de su obra, es comprensible y legítimo. Su salud mental y el progreso de su trabajo depende del desarrollo de una poética coherente. Sin embargo, esta parte de su oficio necesita otro tipo de discurso. Aquí el lenguaje abstracto y razonado tiene su función. Si hay algún contexto de la poesía en el cual se puede justificar el metalenguaje es precisamente en el análisis del lenguaje de la poesía.

En mi poética insisto en que la poesía es un lenguaje per se.  Este lenguaje no es abstracto y razonado; es un lenguaje concreto que en primer lugar se dirige a los sentidos.

Las leyes de la gravedad del lenguaje han perdido vigencia, la sintaxis es antes asociativa y musical que causal, y palabras conocidas parecen haber adquirido sentido de nuevo o incluso haber tomado un nuevo sentido. El poema es como una feria: todo se disfraza y flota y se mueve al son de la música de las palabras.

Siempre he admirado el cuadro “Ceci n’est pas une pipe” de René Magritte. Lo que quería decir Magritte con su humor surrealista era que lo que vemos es un cuadro plano de dos dimensiones y no un objeto con el cual se puede fumar. Y tampoco una ilustración de un objeto fuera del marco. La segunda y tercera estrofa de mi poema On the Difficulty of Translating “la femme et la nourriture” into Spanish dicen así:

La femme et la nourriture no son / cinco palabras seguidas / pursuing a sense, a / meaning, sino / a fundamental chord – a resonance / infiniment plus près de la tierra; / closer to, and yet / darker than earth. /

Plus originelle, / et plus universelle / elle n’a pas d’objet: / she’s nurturing nature, / gry og grøde.

Estas líneas representan un compendio de casi toda mi poética. La inspiración para el poema surgió de una conversación en casa acerca de un grabado que cuelga en el pasillo de mi casa. Explicaba a mis amigos españoles que formaba parte de una serie de grabados realizados por una pintora norteamericana que vive en Francia. Cada grabado muestra un detalle del mundo de la cocina: una verdura, un utensilio etcétera. El título de la serie es “La femme et la nourriture”. – ¿Qué quiere decir “La femme et la nourriture,” preguntó uno de mis huéspedes. – Esto no se puede traducir al español contesté. – Claro que se puede traducir, protestó mi mujer y fue a buscar el diccionario francés-inglés. La discusión estaba servida y al día siguiente escribí mi poema. En este poema “nourriture” no es alimentación como dice Larousse; es una palabra con un sonido que nos retrotrae a tiempos míticos y que tiene que ver con lo que produce la tierra y la leche que hemos mamado del pecho de nuestra madre original. La femme et la nourriture no son cinco palabras seguidas pursuing a sense, digo. Estamos leyendo un poema y cada palabra aquí pertenece a un poema y a una música.

Poco a poco la palabra “nourriture” entra por nuestros sentidos a medida que vamos escuchando sonidos desconocidos de otras culturas. De paso, el lenguaje se hace cada vez más intenso y compacto para culminar en éxtasis poético con las dos palabras danesas gry og grøde. Estas palabras consiguen la magia gracias a su ubicación en el poema. Su sonido y su ritmo recuerdan palabras litúrgicas. No hace falta entenderlas; de hecho gry (“alba”) ,que en danés es tanto un verbo como un sustantivo, es una palabra poco frecuente que recuerda tiempos más sosegados. Por otro lado, muy pocos daneses conocen el sentido de “grøde” que significa fertilidad y crecimiento. Es una palabra ligada a fenómenos meteorológicos y a plantas acuáticas y que se emplea más entre mayores en un ambiente rural o marítimo.

Para mí la definición de metapoesía es poesía tout court. Por eso el término me sobra, por decirlo de alguna manera. Esto no quiere decir que dicho término no tenga su justificación, pero tal vez más dentro de  la historia de la literatura española donde la ruptura que emprendieron los novísimos fué brutal debido a la velocidad del desarrollo político y cultural en España después de los años de la represión franquista. No obstante, la metapoesía no es un fenómeno nuevo, existía incluso en la Edad Media.

Sospecho que gran parte de los lectores en España y latinoamérica leyeron a Auden y Eliot a través de poetas como Gil de Biedma, Valente o Sánchez Robayna. Como yo vengo del mundo nórdico y anglo-sajón y he tenido acceso directo –sin la intervención de traductores– a los poetas “con máscara”, como ha llamado el poeta valenciano Guillermo Carnero a los poetas de la distancia  impersonal como Eliot y Pound –y añado por cuenta propia, debido a la francofilia de la familia de mi madre, a poetas franceses como Jules Laforgue, Mallarmé y Valery–, no noté tanto el cambio de enfoque que protagonizaron las generaciones de poetas inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Además, conviene añadir a esto la cuestión de gustos y de personalidad. Soy de un clima menos cálido, de mentalidad protestante y de tradición pragmática, nada idealista.

En resumen, la metapoesía corresponde a lo que para mí simplemente ha sido y es la buena, la genuina poesía. Desde mi punto de vista la poesía es el arte de la palabra, el arte que se interesa por el mundo que cada uno crea a través de la palabra y el conflicto que de algún modo nace de esa necesidad inherente a todo ser humano de traducir en palabras su propia realidad para poder así compartirla y sentirse reconocido. Solo que el poeta no es un periodista y no busca reconstruir la realidad con los mismos recursos linguïsticos que le ha impuesto la sociedad cuyos ademanes él se propone a traducir en palabras, sino un alquimista que, en el crisol musical de su corazón, convierte lo que ve y lo que siente en lingotes de supervivencia. 

Cada uno es el producto de sus palabras y mis palabras provienen de cuatro culturas: la danesa, la francesa, la norteamericana y la española. Por suerte, hoy en día ya no soy una rareza. Estamos experimentando grandes migraciones de pueblos como en la Edad Media y pronto la idea de la limpieza étnica será sólo historia. En la Edad Media no existían fronteras lingüísticas tan rígidas como las que surgieron en Occidente desde Gutenberg.Y en el campo de batalla y en los caminos de las peregrinaciones cada cual construía su idioma a base de mezclas de lenguas vernáculas.

He sido siempre un poeta nómada y por eso la gente que lee mis polyfonías antes de escucharlas cree que mi poesía es multilingüe. Yo no creo que lo sea, o más bien pienso que toda poesía es multilingüe en la medida en que todos somos producto de un mosaico de mundos. Especialmente los que tenemos el oficio de la palabra debemos integrar todos esos mundos, todas esas lenguas que se encuentran dentro del idioma único que es la poesía. Es una cuestión no sólo de integración de personalidad, sino también de culturas. De este modo la poesía cobra un valor insustituible para la comprensión del otro y de su cultura, ya que incumbe al propio poeta la tarea de levantar las fronteras y barreras culturales y lingüísticas que lleva dentro.  

Desde la antigüedad ha habido una asociación estrecha entre la música y la poesía. De hecho, en muchas lenguas “poesía” y “canto” se expresan por medio de la misma palabra, tal y como nos lo recuerda Nikolas Harnoncourt. El invento de Gutenberg supuso un paso gigante para la civilización, pero la palabra escrita también tuvo un efecto segregador tremendo y ayudó a los poderosos a levantar muchas barreras. 

La música es más democrática y ningún régimen ha podido suprimirla. Cuando ésta suena todos quieren bailar. Bailar y también cantar. Ahí en medio de la danza solía encontrarse el poeta, el trovador que fabricaba sus poemas con las lenguas que había oído en el camino.

De algún modo la música ha llegado a ser el factor aglutinador de mi poesía, ya que desde mis años mozos he estado sumergido en el mundo de otro arte sin fronteras, otro arte bastardo: el jazz. Cuando comprendí que no me quedaba más remedio que levantar las barreras artificiales entre mis seres nacionales, volví a la música y a la poesía oral.

Viví en California a finales de los años ‘60 – durante el youth revolt, los años hippies, 1967 The Year of Love –y la poesía norteamericana, el jazz, action painting, black arts, movies y la cultura popular han sido todos decisivos para mi formación personal y artística. La vida como road movie es un mito genuinamente yanqui y para mí no supone ninguna herejía decir que soy tanto minstrel como ministrel, aunque me temo que para la facultad donde me estoy doctorando en arte medieval con una tesis sobre la iconografía lúdica en el arte románico aragonés sí lo es. De hecho, toco el banjo de cinco cuerdas, un instrumento musical afro-americano que en la cultura norteamericana ha tenido un papel muy similar al laúd y la zanfoña en la Europa del Medievo.

El concepto de Polyfonías debe mucho al jazz; una música, un lifestyle, una forma de ser que ha sido determinante para mi vida. Se trata de un arte híbrido que reúne elementos de varias culturas musicales: himnos religiosos ingleses, marchas militares francesas, pasodobles españoles con acento caribeño. De África incorporó una percepción tonal distinta de la afinación diatónica europea y que, en su encuentro con ésta, dio lugar a la nota blue característica del blues,  además de los ritmos y el concepto colectivo y ritual de la música.

Lo que producimos Mark Solborg, Salvador Vidal y yo en nuestro trío Polyfonías Poetry Project no es jazz musicalement hablant – por lo menos en lo que atañe a mi definición del jazz – pero sí lo es en su alma y su organización si consideramos el jazz como un modo de vivir y de sentir igual que lo es el flamenco para los flamencos. Es una obra colectiva en la que las lenguas y las improvisaciones instrumentales se entrelazan en un tapiz sonoro.

La palabra vernácula es la piedra angular de mi poesía. Creo firmemente en la importancia del hecho diferencial cultural. Las palabras que yo utilizo en las polyfonías han sido todas ellas “contaminadas” por la experiencia. Las he aprendido y aprehendido desde dentro. Desde su grito o su susurro originario.

Como soy poeta, no confío demasiado en las palabras – aunque siempre hay excepciones (coups de foudre) – pero tengo como norma el conocerlas bien; el haberlas oído, saboreado, olido, tocado antes de que lleguen a incorporarse a mi vocabulario poético activo. Y si lo digo de esta forma pasiva , “antes de que lleguen a incorporarse en mi vocabulario poético activo” es porque en el proceso creativo no siempre soy yo quien selecciona las palabras; a menudo es la frase musical que arrancó el poema desde el principio la que en último término determina le mot juste o la musique juste.  

Sucede a menudo que la palabra arrancada de una lengua por la música se asocia con otra palabra o frase similar, pero no idéntica, en otra lengua. Estas “falsas traducciones” ínter textuales son el origen de lo que llamo “glissandi de significados”; una especie de poesía cubista: el mismo fenómeno contemplado desde dos, tres o cuatro ángulos culturales distintos.

¿no es en lo banal / donde se esconde la belleza, /   the beauty of knowledge and wisdom, / del saber y de la sabiduría?

Mi ser sujeto de palabras y expresiones de diferentes culturas – con su denominación de origen sin desvirtuar – y mi formación profesional como periodista y profesor explican en gran parte la temática metalingüística de muchas de mis polyfonías. Pero, tal y como yo lo veo, el tema de mis poemas no es más que un pretexto para ponerme a escribir.

Cuando hay suerte, en cuestión de segundos me atrapa la inspiración y la musa me rapta. El idioma que hablamos con ella es la lengua de la poesía, el lenguaje del amor que es capaz de devolver a las palabras su magia y fuego original, habitualmente borrados con el uso trivial del inconsciente.

No soy neurólogo, pero creo que el lenguaje poético – que transgrede las fronteras nacionales y racionales – es descifrado, descodificado, en otro lugar del cerebro distinto del empleado para los fenómenos específicamente lingüísticos-.

El caso es que el lenguaje poético siempre fue, es y será transnacional e interpersonal. Como el escuchante sólo oye una voz (la mía) y, por lo general, entiende muchas de las palabras que empleo, acaba teniendo la sensación de haberlo entendido todo. Da la impresión de que la gente, hipnotizada por el diálogo entre la voz y los instrumentos musicales, olvida tanto el hecho de que hay palabras que no entiende, como los eventuales recelos surgidos ante la dificultad del lenguaje poético; abandona sus bloqueos y prejuicios y, llevada por la música, empieza a participar con su propia imaginación.

La poesía supuestamente multilingüe como las polyfonías, sólo hace obvia una cualidad constitutiva y nativa de la poesía: la de poder hablarle a la gente, proceda de donde proceda en una sola lengua comprensible para todos.

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