Por qué soy Charlie

Emperor_Clothes_01Dinamarca tiene tradición satírica-demócrata

Admito que tuve mis dudas antes de sustituir mi retrato en Facebook por la declaración-confesión de que “soy Charlie”. Sé la facilidad con la que “la máquina de hacer pasta” sabe desviar cualquier movimiento contestatario para luego –convirtiéndolo en moda– aprovecharse de él, y a pesar de ser danés (o tal vez precisamente por esa razón) tengo un rechazo casi físico a formar parte de una agrupación, sea cual sea su meta. Nunca me he afiliado a ninguna iglesia, formación política, asociación deportiva u ONG. Sin embargo, he participado en un sinfín de manifestaciones.

En cierta manera veo el movimiento espontáneo y popular de protesta contra las matanzas en Charlie Hebdo muy en el espíritu del pueblo de Fuenteovejuna. Estoy –o, mejor dicho– estamos en contra de todas las dictaduras: las ideológicas, las religiosas, las financieras y las de género y por un momento nuestros nombres e identidades importan menos. No porque tengamos miedo de las represalias, sino por razones estratégicas: a los dictadores y líderes con agendas fascistas y xenófobas como los y las que ahora están intentando destruir Europa les da pánico cuando se encuentran enfrentados con la multitud en vez de tenerla sumisa gritando “heil!”. Y cuando la multitud además está hecha de individuos libres y no adoctrinados que saben reír y mofarse de ellos pierden los estribos y muestran sus auténticos y verdaderos rostros.

Nosotros, cuando volvemos de la manifestación y cuando recuparamos nuestra identidad indomable no nos callamos: utilizamos todos los recursos a nuestro alcance para defender la sociedad libre, tolerante y plural que nos ha costado unas cuantas guerras. He sido formado como periodista en Dinamarca, el país de Hans Christian Andersen, autor de “El traje nuevo del Emperador”, y donde se publicaron las primeras viñetas caricaturescas contra la intolerancia yihadista. Viví mis primeros años como padre y poeta en el París post-sesentayocho. Había autocares grises de los CRS en todas la esquinas y policía que filtraba a la gente delante las verjas de los Jardines de Luxemburgo, pero los árboles no dejaban de sacar hojas frescas en primavera, Leo Ferré cantaba “Paris quand tu es débout…” y Wolinski nos hacía reír con sus dibujos obcenos y rebeldes en “Hara Kiri” y “Charlie Hebdo” dejando a la vista las vergüenzas de obispos, reyes, golpistas, dictadores y demás fanatismos.

Por eso me identifico con los mártires del humor de Charlie Hebdo. Hay que defender, no sólo “la libertad de expresión”, pero sobre todo la libertad del humor corrosivo. Es la más revolucionaria, la más viva y, por eso, la más temible y más eficaz herramienta para mantener estable la democracia. Wolinsky, Charb, Cabu y Tignois no eran racistas, como insinúa Richard Seymour en la revista de la izquierda norteamericana “Jacobin”. No eran anti-árabes, ni siquiera eran anti-musulmanes. Si tenían fobia a algo era la fobia a la represión, al dogmatismo e ideologías fanáticas. Por eso reivindicaban el derecho de sacar una revista “bête y méchant” (tonta y de mala leche). Y por eso no temo reirme con ellos. Por eso soy Charlie.

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