Play It Cool Boy

Lester with saxophone and Pork Pie hat

Hoy se emplea de manera un poco frívola la palabra cool como sinónimo de “genial”, “fantástico”. El término es el opuesto agradable de hot –caliente– muy diferente de cold –frío– que tiene muchas connotaciones desagradables.

Aunque posteriormente cool, como término para un estilo de jazz que surgió tras el bebop, ha sido más asociado con la música de Miles Davis, Lee Konitz, Lennie Tristano y Dave Brubeck, fue sin duda Lester Young –saxofonista tenor relacionado con la época de los grandes orquestas swing (solista estrella con el big band de Count Basie a principios de los años ’40)– el músico que introdujo y encarnó en su música y su comportamiento el concepto de cool. Con su forma de vestir (incluyendo su famoso pork-pie hat y gafas de sol bajo los focos de los clubs y auditorios), su costumbre de tocar el saxo teniendo el instrumento en posición casi horizontal y hablando una jerga de elaboración propia (palabras como hip, cool, dig) que nadie en principio entendía, pero que luego llegó a ser el vocabulario de los hipsters, Lester –un hombre delicado y ultra-sensible– desarrolló toda una estrategia para protegerse contra agresiones y actitudes racistas.

En la vernácula cultural norteamericana tradicional, el individuo cool es una persona solitaria que nunca pierde los nervios, una persona con autoridad que controla la situación como Humphrey Bogart en las películas noir o John Wayne en los westerns.

En el jazz y entre artistas norteamericanos, el artista cool no es un solitario, pero sí un personaje tranquilo que logra calmar los ánimos con su autocontrol, y anima a la participación en el acto ritual y colectivo de la música, la danza y la poesía oral. Una herencia de la cultura yoruba de África, donde el equivalente de cool es baalim que significa “relajado”, “delicado”. Palabras perfectas para describir el fraseo fluido, con el swing implícito, casi perezoso, de Lester Young.

 

 

Del curso “Arquetipos del sueño americano. La historia del jazz y el musical de Broadway”  https://www.facebook.com/wesseltordenskjald

On Jazz & Poetry

Canibaal, International Spanish-language Arts and Literature Journal

Cartel 8 Canibaal y medio

Canibaal nº5 features articles by: Josep Ruvira, Antonio Sambeat, Jorge García, Jorge Carrión; Fiction by: Servando Rocha, Daniel Ortiz, Chema García; Interviews with: Javier Vercher, Álex Conde, Lydia Lunch; Poetry by: Peter Wessel, Roger Santiváñez, Carlos Cociña; Photos by: Coral Hernández, Gil Rigoulet, Antoni Porcar, Esther Cidoncha; Artwork by: Lydia Lunch, César Reglero, Jean-Michel Basquiat, Dinah Salama.

A Jam Supreme

Chevi, Peter y Javier vistos por Antonio SambeatEl 28 de octubre lanzamos con un recital en el Colegio Mayor Rector Peset en Valencia el número especial de la revista de arte y literatura “Canibaal” dedicado a Jazz&Bookstores. En diálogo musical con Javier Vercher (clarinete bajo) y Chevi Martínez (contrabajo) lei una selección de poemas de “Delta” y de “Polyfonías” además de un poema nuevo inspirado en Conques. Reproduzco abajo el texto de mi ensayo “Delta, una confluencia de coincidencias”, publicado en la misma revista.

DELTA, UNA CONFLUENCIA DE COINCIDENCIAS

Me encuentro en Conques –Concas– esa concha dentro de la que he percibido y grabado las coincidencias poéticas que confluyen en las polyfonías del libro-disco Delta. Es agosto, y en las últimas tres tórridas semanas subo y bajo entre la cava-galería de la librería Chemins d’Encre y mi casa en la parte alta del pueblo, justo al interior de las murallas.

Hoy por fin llueve. Una lluvia abundante y misericordiosa, tal vez en respuesta a las bellísimas voces de Mora Vocis – cinco viudas vestidas de negro riguroso – que anoche cantaron las polifonías de “Mater Dolorosa, mujeres ante la tumba” bajo los altos arcos románicos de la iglesia abacial de Sainte Foy. Habíamos decidido mi mujer y yo asistir a este último concierto del festival de música “Conques, la lumière du roman” antes de recibir la noticia, este domingo por la mañana, del fallecimiento de un querido amigo.

Una coincidencia significativa más.

Con el tiempo la voluntad de unidad y la aceptación de la multiplicidad me han convertido en un coleccionista compulsivo de coincidencias. He llegado a la conclusión de que la sensibilidad del artista le otorga la responsabilidad para identificar y hacer visible las coincidencias que de alguna manera nos familiariza con ambientes y situaciones que de otra forma nos hubieran alienado.

Lautréamont era capaz de ver la belleza en el « encuentro fortuito sobre una mesa de disección entre una máquina de coser y un paraguas ». La fuerza transformadora, la magia poética de Lautréamont, nos puede ayudar a comunicar con lo que nos parece extraño dentro y fuera de nosotros. Hay que saludar, no solamente a los desconocidos, pero también a lo desconocido. Hay que hablar con los niños y con los árboles, pero también con los drones. La familia de la creación existe, no a pesar de las diferencias, pero sí gracias a ellas. El trabajo del artista consiste en romper las superficies fosilizadas de las palabras, las imágenes y las armonías musicales para señalar nuevas asociaciones y coincidencias inesperadas.

El hecho de haber vivido cuatro diferentes vidas en cuatro diferentes culturas finalmente me ha obligado a admitir mi propia multiplicidad. Cuando quiero hablar o cuando empiezo a escribir no sé exactamente cuál de las cuatro culturas va a tomar la palabra.

En realidad, eso nos ocurre a todos: nuestro lenguaje cambia según hablamos con nuestros hijos o con nuestro notario y jugamos roles distintos –llevamos máscaras distintas– según la situación. Si no nos damos cuenta de ello es porque nuestro idioma –la máscara de los pensamientos y las emociones – en el caso de que sólo dominemos uno: el materno, hace creer que somos una persona –un individuo– con una sola voz.

Es para indicar la pluralidad de voces y culturas en mis poemas que los llamo “polyfonías”. No obstante, he añadido el calificativo de project – proyecto – para indicar que la presunta unidad de mi libro no es más que un deseo –un simulacro piadoso como todo arte, pero lejos de la realidad ya que la unidad no existe salvo como un deseo – un deseo muy bello y humano. Todos somos diferentes, cada uno es (o quizás debería decir cada uno somos) una mezcla de múltiples identidades.

Del mismo modo que tardé años en comprender la coincidencia que, hace 36 años, me hizo descubrir Conques, el lugar de mi segundo nacimiento, también me ha costado tiempo entender de dónde surgen mis cuatro idiomas, cuáles son los mecanismos que, en cada momento, deciden si le mot juste es francés, español, danés o inglés.

Hace trece años escribí “Un idioma sin fronteras”, mi primera polyfonía. Me habían invitado a leer unos poemas en Radio Exterior de España y, halagado y sin pensármelo dos veces, contesté que sí. Después de colgar el teléfono me di cuenta de que seguramente pensaban que tenía algunos poemas escritos en español, o por lo menos traducidos a este idioma. Después de todo, la función de Radio Exterior de España era el fomento y la preservación de la lengua española en el mundo.

Apurado, me puse a escribir un poema en esa lengua, pero al terminar el primer verso ya había empleado palabras de las cuatro culturas en las cuales, debido a una existencia nómada, me había formado: la danesa de mi infancia en el campo y mis primeros estudios en Copenhague; el francés de mi juventud rebelde en París, lengua que hablo con mi hija que nació allí; el español de mi vida de pareja y mi entorno desde hace más de treinta años (no olvidemos que el español es muy visceral y dentro del cuerpo no llega la luz, allí reinan las tinieblas) y finalmente la cultura americana del jazz, mi romance musical de toda la vida.

Dentro de mí
viven cuatro personas, each
with their own voice,
su propia
lengua,
sa propre langue.
Hver med sit eget sprog
og sin egen stemme…

La decisión de dar a mi poema, que empieza así, el nombre del programa radiofónico que me había invitado –ya que precisamente hablaba del transfronterismo de la poesía– resultó premonitoria y fue la clave para el desarrollo de mi poética.

“Un idioma sin fronteras” llegó a ser la “sintonía” para el Polyfonías Poetry Project –el trío que, en 2008, formé junto al compositor y guitarrista argentino-danés Mark Solborg y el clarinetista valenciano Salvador Vidal y fue el primer poema en el cd-libro Polyfonías que grabamos en 2004 Mark Solborg y yo, pero que no se publicó hasta cuatro años más tarde.

La colaboración con el jazzman danés y el músico valenciano con formación clásica, pero con gustos muy contemporáneos, externaliza –para decirlo de alguna forma– el proceso musical interno de montaje polifónico. Siempre me he considerado un músico que se expresa mediante la poesía. Suelo tener una melodía en mente cuando empiezo a escribir y esta melodía me ayuda a romper la linealidad de mis pensamientos y el uso automático de palabras y estructuras lingüísticas trilladas. Con cuatro registros de idiomas a mi alcance me siento como un pintor que canta mientras pinta, dejando que los graves y los agudos de la melodía y los corchetes y tresillos del ritmo decidan entre los grosores de sus pinceles y los colores de su paleta. Una vez que siento que el poema ha llegado a su fin ya no me recuerdo de la melodía, pero como el impulso no trataba de escribir una canción –una canción ha de contar una historia, un poema despierta una historia que no se puede contar– tampoco importa.

Como poeta confío más en que las coincidencias musicales puedan llevarme a visiones de la verdad de la existencia – “hints and glimpses”, las llamaba T.S.Eliot– que a metáforas creadas en el crisol de la razón. Esto me recuerda mi primera conversación con Dinah Salama, la artista española que ha contribuido al proyecto Delta con su lenguaje visual. Quería saber cómo son las rosas de Picardie, ya que en el poema “La ruina de mis sueños” hablo de “pétales parsemées de la rose de Picardie”. Le contesté que no tenía idea, que era una melodía que tocaba Sidney Bechet y que era una de mis favoritas cuando empecé a escuchar el jazz cuando tenía doce-trece años. Músicos de jazz como Charlie Parker y Sonny Rollins citan en sus solos a menudo otras canciones que la que están tocando y a nadie les molesta, al contrario provoca a menudo una sonrisa de reconocimiento.

El jazz es un arte contaminado desde la raíz. La mezcla de culturas y sensaciones de la gran ciudad está en su ADN. Como historiador de la música popular norteamericana tengo cientos de canciones en mi corazón, y no es una casualidad si en el poema mencionado cito también solos de Miles Davis y Django Reinhardt. Que luego tanto la rosa de Picardie como las hojas muertas (“Autumn Leaves”) y el castillo de mis sueños (“Manoir de mes rêves”) son metáforas que encajan perfectamente en un poema de un padre que se lamenta de no haber podido trasmitir sus valores y conocimientos a su hija, es una coincidencia significativa.

Cuando Mark, Salvador y yo entramos en un diálogo poético-musical, el público se olvida de que “no entiende el idioma de la poesía” y se sorprende de que la mezcla de idiomas le permita dedicarse a escuchar y no a razonar. Al igual que Dinah, tengo raíces sefardíes. Venimos de un pueblo que una y otra vez ha tenido que adaptarse a otras culturas y estamos en una constante búsqueda de nuestra identidad. Una identidad que obviamente ha de ser un mosaico que, además está en metamorfosis perpetua. Gran parte de los estándares de jazz tienen títulos ingleses: “Embraceable You”, “A Fine Romance”, “Over the Rainbow”, pero son canciones escritos por hijos de emigrantes ruso-judíos como Ira Gershwin, Dorothy Fields y Yip Harburg soñando en ser aceptados como americans.

Teniendo en cuenta estos juegos de máscaras de identidades no debe sorprender que Dinah -pintora foto-collagista nata- y yo nos entendiéramos desde que empezó a brotar Delta.

*

Sonrio de camino a la cueva, donde vigilo la exposición de las obras originales de Dinah, y noto como los torrentes de agua que corren por los callejones y escaleras de las puertas altas de este y oeste de Conques confluyen delante de la puerta de la galería para bajar unidos al sur por la Rue de Charlemagne, formando una Y griega perfecta.

La Y griega de las armas de la Villa.

Y de Polyfonías.

 

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Los orígenes del jazz, “jazz standards” y el musical de Broadway como arquetipo del sueño americano

Un curso musical y antropológico de Peter Wessel

La etiqueta “Made in the USA” a penas tiene cien años de vida. Durante los meses de abril y mayo impartiré un curso que seguirá los caminos que llevaron a la creación de un lenguaje musical y unos valores culturales que acabaron dando coherencia y personalidad a un territorio enorme, escasamente poblado por tribus indígenas y sin otras leyes que las naturales que, con una velocidad vertiginosa, había sido poblado por emigrantes de muchas nacionalidades del llamado “viejo mundo” y los esclavos que éstos, una vez establecidos, importaron de Africa.

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En los últimos años los grandes musicals de Broadway están experimentando un revival –una renovada popularidad– en España y también hay un creciente interés por el jazz. Sin embargo, poca gente sabe de donde viene esta música sincopada, raíz de toda la música popular occidental. No sabe que es el más genuino producto del “American dream”, soñado por dos pueblos que vivían su diáspora en EEUU –el de los inmigrantes judíos ashkenazi huidos de Rusia y el de los negros traidos de África como esclavos– y que ha sido instrumental para el cumplimiento de este sueño profundamente democrático. El motivo de este curso es procurar una perspectiva histórica y antropológica del “Great American Songbook” (el cancionero norteamericano) para su mayor disfrute y de paso corrigir eventuales malentendidos relacionados con la cultura estadounidense.

La estructura del curso es cronológica: seguirá la evolución de la música americana desde principios del siglo XIX hasta la “generación del ‘68”, haciendo hincapié en canciones que se han convertido en “clásicos de la música popular” o “jazz standards”. Hay cuatro grandes capítulos y cada uno abarcará dos sesiones:

1. The promised land: 1820-1880. Buscando América
2. The Birth of Jazz / Tin Pan Alley: 1880-1929. Haciendo América
3. Canciones de Broadway y Hollywood: 1929-1955. Pennies from heaven.
4. The Heritage: Post 1963. Songs of protest, songs of love

Mi enfoque es eminentemente antropológico: aunque vamos a escuchar muchísimas maravillosas canciones, interpretadas por los mejores artistas, y en muchos casos estudiar la letra y la música y conocer los autores de canciones especialmente significativas, no dejaré en ningún momento de verlas en una perspectiva sociopolítica.

El curso empezará el martes día 14 de abril de 2015 y se dará cada martes de 19 a 20:30 h. hasta el 2 de junio. Son 8 martes. El precio es 100 euros en total, a pagar 50 euros al principio de cada mes. Se puede asistir a clases sueltas abonando 15 euros.

Lugar:
Centro Sefarad Israel
Palacio Cañete
C/ Mayor 69
Madrid

Inscripción:
Peter Wessel
e-mail: pewessel@gmail.com
teléfono: 91 530 89 97 / 91 657 22 50
https://pewesselblog.wordpress.com/